Seleccionar página

El reflejo del sol en la fachada del Ayuntamiento le hacía entornar los ojos. Era de esos días en los que el otoño nos recuerda a la verde primavera, si no fuera por esa alfombra de hojas secas que se forman en los paseos. El cielo está despejado, ni pizca de viento. Los niños en el colegio y los pájaros que rompían el silencio desde los pinos con su piar incesante.

Varios ancianos tomaban el sol en los banco de la plaza, mientras echaban migas de pan a las palomas. Del edificio de enfrente salía una mujer ojeando unos papeles que llevaba en la mano. Probablemente del trabajo. Sobre la puerta verde, un rótulo blanquiazul de Insalud. Gorriones se bañaban en el pequeño charco que había en la esquina.

Era noviembre, un día soleado y cálido en un pueblo de Castilla. Uno de esos días en los que todos nos conocemos, en los que el rencor se deja en casa.

Un abuelo introdujo la mano en su bolsillo derecho para sacar un paquete de purillos y un mechero. Su hija, con quien iba desde que murió su mujer, María, le regañaba si lo veía fumando, por eso le gustaba pasearse solo y sentarse en la plaza del pueblo. Mientras ella trabajaba, él se iría a fumarse uno o dos purillos antes de mediodía, incluyendo una copa de aguardiente para encubrir el olor.  ¡Menudo olfato tenía!

-Papá, volviste a fumar. Te lo he dicho mil veces. Esto no es bueno para ti, ni para tus pulmones.

Eterna cantinela del día a día, estaba ya aburrido de escuchar siempre la misma historia. Si un hombre con sus años, que ya apenas puede comer nada, que bebe a cuentagotas y que ya no va con mujeres, le quitan también el único gusto que puede darse uno, pues apaga y vámonos. Sin embargo, por no oírla prefiere marcharse a dar un paseo para poder hacer lo que él quiere. ¿Qué luego tose un poco? Pues ella también tose, es de lo más normal.

Se encendió el purillo y aspiró con deleite mientras el humo le obligaba a hacer un pequeño guiño. Eso si que era un placer. Antiguamente, tenías que liarte tú el cigarrillo, y era todo un ritual.

De repente, un hombre atravesó la plaza en bicicleta, que apenas podía oírse el juego de la cadena sobre el engranaje. Cuando alcanzó la calle, el silencio se quebró con un sinfín de ruidos metálicos.

Recordaba a aquellos años de sequía. Mirando al cielo en busca de nubes, y no encontraba más que azul profundo del cielo de castilla, el resol deslumbrante de las rocas en la sierra, el águila haciendo círculos. Recordaba esa desesperación por encontrar agua potable. El cauce del arroyo cuarteado, las grietas abiertas como picos de polluelos hambrientos.

Miró el reloj, las 10:05. A esa hora tiene que estar a punto de llegar la prensa, Juan Carlos, hijo de Manolo, corría como si no hubiera un mañana con esa furgoneta nueva. Como tenía que ir a la capital a recoger los periódicos a tiempo, algunos aprovechaban para hacerle encargos, uno le pedía una rueda de una moto, otro un saco de patatas. Pobre Juan Carlos.

-¿Os pensáis que tengo todo el tiempo del mundo para vosotros?  No os acostumbréis a lo cómodo. Algún día os diré que no.

Pero el sabía que nunca lo haría. Era demasiado bueno para decir que no.

Mañana me tocaba ver a Don Andrés, ese médico tan majo que lleva cuidándome años. Me trataba de maravilla. Igualito que el estirado de su padre, que te hablaba siembre por encima del hombro, como si le debieras la vida, cuando yo siempre cumplía con mis cuotas.

Le llamo Don Andrés por respeto a su oficio, pero a veces me da cosa. Aun me acuerdo que cuando iba con ese Tomás, el Cándido y los otros al huerto, yo tenía que echarlos de allí porque me pisaban los tomates y me lo estropeaban todo.  

Cuantos recuerdos te vienen a la mente cuando tienes tantos años, cuando eres tan mayor. Y darte cuenta de que has vivido toda una vida llena de alegría, aventuras, experiencias, dolor pero sobre todo superación.

Creo que hoy no me va a dar tiempo a tomarme mi aguardiente. Pero no pasa nada, cogeré unas hojas de salvia de la Cripiana para  masticar, que me pilla de paso y si me regañara otra vez, que me regañe, en el fondo se que lo dice por mi bien.

Me levanté, me puse mi gorro, y con una sonrisa dibujaba de oreja a oreja, me dirigí lentamente hacia la puerta del  colegio, donde mi pequeño nieto de 6 años me estaba esperando en la puerta.